L’école de Mme Antoinette

Post de Pol Junqué y Edu Soriano, voluntarios en la Escuela de Kigali:
El primer día, día de encuentros, nos presentaron Mme Antoinette Mukakalisa, fundadora de la escuela y de la Asociación Tujijurane (“Combatir la ignorancia”), mujer extraordinaria por su voluntad infatigable de dar un futuro mejor a sus alumnos y a Monsieur Bertín, Monsieur le Directeur, siempre alegre y dispuesto a escuchar nuevas ideas.
Cuando entramos en la primera clase tuvimos una sorpresa impactante: “¡¡Bonjour les visiteurs!!” gritaron en coro con una melodía musical. Ahí estaban todos los niños con su pulcro uniforme azul y blanco (confeccionado por las mujeres a las que Tujijurane también da apoyo) y sus ojos avispados, apuntando a esos wazungu (extranjeros en kiswajili) y comunicando curiosidad y exaltación. Así fuimos pasando por todas las clases y siempre con la misma melodía, ¡¡bonjour les visiteurs!! y esas miradas de entusiasmo.
Ahí estábamos para aportar nuestro grano de arena en la colosal tarea de Mme Antoinette y nos pusimos a su disposición. Nos dijo que había recibido unos 20 ordenadores y monitores que no funcionaban. Consideraba indispensable que sus alumnos se familiarizasen con la informática y nos pidió arreglarlos. Y ahí estábamos Edu y yo, mirándonos atónitos…”¡¡¿arreglar ordenadores, si no tenemos ni idea de por dónde empezar?!!” Pero viendo la cara de ilusión y alegría de Antoinette no pudimos negarnos… “Ok nous allons le faire”, le respondimos sin pensar. Y por supuesto, nos pusimos manos a la obra. Edu y yo intercambiamos lo que sabíamos cada uno, como buenos ingenieros y con la ayuda de mi navaja suiza (¡Qué útiles son estos chismes en África!), nos pusimos a desmontar los ordenadores para comprobar qué componentes funcionaban y cuáles no. ¡Al final, todavía no sé cómo, pudimos recuperar 9 de ellos! Qué alegría tuvimos, y más aún, al ver cómo le brillaban los ojos a Antoinette. ¡Nunca hubiéramos imaginado nuestra capacidad para arreglar ordenadores!
Otra tarea que nos encomendó Antoinette fue ordenar y clasificar los libros que tenía y los que habíamos traído. Lo que hicimos fue poner la semilla de lo que podría ser más adelante una biblioteca (otra de las ilusiones de Antoinette, siempre con el entusiasmo que la caracteriza y sus ganas de combatir la ignorancia en el pueblo ruandés-Tujijurane)
¡Por fin, nos tocó dar clases! ¡Qué ganas, pero qué nervios! Decidimos entre otras, explicar nociones básicas de química, de manera didáctica. Con un vaso de aceite, uno de agua, un poco de jabón explicamos las moléculas hidrófilas (agua), las hidrófobas (aceite) y la anfifílicas (el jabón). Acabamos haciendo burbujas de jabón para observar otras de las propiedades del jabón. ¡Qué entusiasmo! ¡Qué ganas de participar y aprender tienen estos alumnos! Cuando hacías un pregunta, el 80% de las manos se alzaban y gritaban “¡Me teacher! ¡Me teacher!”. A uno le vienen ganas de ser profesor con alumnos así. Esos ojos avispados que me habían impresionado desde el principio no me engañaron. Para ellos la timidez, la pereza, el aburrimiento no parecen existir, poder participar era todo un lujo. Con esos alumnos participativos y educados era divertidísimos enseñar. Recuerdo que de pequeños, en clase no éramos tan atrevidos y tan dinámicos, la mayoría más bien éramos tímidos y reservados. ¿A qué es debida esta diferencia? ¿Quizá nosotros tenemos todos, las necesidades cubiertas y una vida demasiado fácil? Para ellos poder estudiar es la única vía para poder mejorar su calidad de vida y parece ser que son conscientes desde pequeños. Me sorprendió mucho cuando les pregunté cuáles eran sus hobbies y la gran mayoría respondía: “¡estudiar!” ¿Quién de nosotros recuerda haber respondido que su hobbie era estudiar?
La última actividad fue organizar juegos colectivos. La escuela nos había reservado el viernes para dedicarlo a juegos. “¡Vaya nervios!”, los dos pensamos: “¡solos ante el peligro!”.
Y con las únicas armas de una libretita donde había apuntado cuatro juegos de mi época de monitor, una pelota, un poco de tiza y un pañuelo, nos plantamos en el patio.
Empezamos por los más mayores, que nos miraban con cara curiosa. “¿Qué nos contarán estos wazungu”?, debían pensar. Les explicamos los juegos entre mi inglés, el francés de Pol y a base de prueba y error, pero sobre todo entre risas y las explicaciones que ellos mismos se iban haciendo, los juegos empezaron a fluir de manera asombrosa.
De los más mayores pasamos a los más pequeños e incluso estos ponían entusiasmo y con la mirada viva que tanto los caracteriza, se enganchaban al carro de la actividad sin ningún problema.
Precisamente esto ha sido lo más bonito y lo que más nos sorprendió, que a pesar de la gran barrera del idioma y de jugar a juegos que desconocían por completo, los tomaban con pasión y alegría, intentaban seguir el juego y lo conseguían. No recuerdo que tuviésemos que ir a buscar a ningún niño porque se entristeciese y se fuese a un rincón, tenían una actitud participativa y luchadora, ninguno quería quedarse atrás.
Y aquí está lo que pudimos aprender de aquella experiencia que esperamos poder repetir algún día…
En África, para la mayoría, las necesidades básicas no están cubiertas, y en los niños se ve una mirada viva, curiosa, no se retraen, al contrario, la necesidad de buscar algo mejor les empuja a participar, a aprender. La escuela, en comparación con su casa, es un sitio maravilloso con mil posibilidades y eso lo tienen muy claro desde pequeños. Allí, por simples y austeras que parezcan, pueden hacer cosas que en la pobreza de sus hogares les es completamente imposible, allí pueden desarrollarse y crecer, crecer en un sentido amplio. Sin esto, sus ganas y su vitalidad acaban chocando contra un muro infranqueable.
Cuando vas a África imaginas que harás una cosa y acabas haciendo veinte mil, pero no lo que tenías pensado. Se tuerce un plan y crees que las cosas se echan a perder, pero no, hay que moverse rápido, hablar con uno, hablar con otro y la interconexión humana que hay en África va haciendo el resto. Pero eso sí, por tranquilo que parezca su ritmo, hay que estar siempre atento, siempre moviéndote, como en la naturaleza.





