Se nos murió Kelewan
dilluns, 9 de gener de 2012 00:00
Escrit per Africa Digna
Le propuse a Amanda - vamos al hospital Kenyata, será breve, unos diez minutos sólo. Era que Tarsicio, uno de los nuestros de Lodungokwe, había llevado allí a su hija Kelewan, y los quería visitar y dar fuerza. No quería pasar mucho tiempo allá y se trataba sólo de un saludo.
Nunca habíamos entrado al Kenyata. La mole de pisos de cemento sucio y gris parecía aplastarnos al llegar; muchas gentes que iban y venían con sus enfermos, pacientes que hacían filas en los cajeros, masas de anónimos mendigando atención, servidores de la salud que arrastraban camillas con dolientes, médicos apurados con estetoscopios colgados del cuello, elevadores apretados de personas, aire viciado de dolor, raciones de comidas y desinfectantes, cadáveres encerrados en cajas rodantes de metal y llevados para ser olvidados en el frío, frío benévolo para poner a raya la corrupción natural. La muerte dominaba los espacios y se respiraba en el aire.
Sabíamos que Kelewan estaba en el tercer piso. Subimos prefiriendo la escalera a los elevadores. Empezó la visita de diez minutos y se volvió de nueve meses… Leah, la madre de Kelewan, estaba allí cuidándola, junto a su cama, y sin saber inglés ni swahili, no entendía bien lo que pasaba. Desde más de un mes su hija estaba en el hospital pero no habían empezado ningún tratamiento. Leah mostró una carpeta llena de papeles, fórmulas médicas y notas de cosas necesarias para el tratamiento. Comprendí, después de averiguar, que el seguro social de Tarsicio, el que tienen los trabajadores normales de Kenia, cubría sólo la cama, nada más. Comprendí que la niña sufría de deficiencia renal y estaba necesitando diálisis y que había que comprar lo necesario para que se las hicieran y las medicinas y que de lo contrario moriría. Y no teníamos la plata para pagarle esas cosas… pero había que sacarla de donde fuera porque la vida estaba en juego.
Nos fuimos a la farmacia del hospital, ordenamos todo y de allí nos mandaron a pagar antes de retirar el pedido para la diálisis. Filas grandes para todo. Después de pagar volvimos a la farmacia y allí nos salieron con la noticia de que lo ya pagado no estaba en todo el hospital y que lo sentían mucho. Tampoco nos devolvían el dinero. Perdimos mucho tiempo en todas las oficinas a las que nos remitían y entendimos que si queríamos hacer algo por Kelewan teníamos que olvidarnos de la suma pagada, sacar otra vez de donde no había e ir a otro hospital para buscar las medicinas y los instrumentos para las diálisis. Entonces teníamos ya rabia y frustración, pero ganaba el deseo de ayudar a Kelewan.
Nos dijeron que podíamos conseguir todo en el Hospital Nairobi y nos apresuramos para allá. Sólo cruzar unas calles para encontrarnos el contraste. Un ambiente acogedor, limpio, calmado, mucha dignidad. Era el hospital de los que pueden pagar, de los que tienen seguros. Corredores espaciados, árboles de buena sombra, poltronas y asientos para la espera en los cajeros y en las consultas, oficinas de información, pacientes llamados por su nombre, habitaciones confortables; la muerte también estaba allí, pero en sus límites, en su sitio, en su momento. ¿Por qué? Venían las preguntas. ¿Por qué no dignidad para todos? ¿Por qué no salud y calidad para todos? ¿Por qué dos hospitales tan cercanos y tan distantes a la vez?
Se empezaron las diálisis. Dos a la semana. El salario de un mes del trabajo de Tarsicio no era suficiente para pagar una sola diálisis. Los de la unidad renal querían saber si nos comprometíamos a seguirlas propiciando comprando cada vez lo requerido. Sin saber de dónde dijimos que sí, que claro, que la vida es lo primero, que ya Dios se ocuparía. Y Dios tomó el caso. Llegaron los amigos de África, los que tienen corazón dilatado para amar y trabajar. En los primeros meses tuvimos a África Directo de Madrid que nos dio una donación para los enfermos de la misión; luego Active Africa de Barcelona que nos renovó esos fondos cuando se fueron acabando y con los que todavía hoy auxiliamos a otros enfermos de la tierra samburu; finalmente, África Digna y la Fundación Roviralta, también de Barcelona, se pusieron a disposición para pagar las diálisis, el trasplante requerido y el tratamiento postoperatorio. Gente así como la de estas organizaciones, llenas de ternura y calor humano, nos hacen sentir que otro mundo es posible, un mundo de oportunidades para todos, un mundo sin dos hospitales y sí con muchos abiertos para todos, sin discriminaciones, un mundo en que la salud no sea un lujo de unos cuantos sino un derecho reconocido a todos.
Y Kelewan empezó a sonreír. Olga Lucía llegó voluntaria y se puso al frente de la situación. Siempre lista, ocupándose de las cosas grandes y pequeñas, y ganándose la ternura de la niña. Las diálisis monótonas encendían la esperanza y empezamos a hablar del trasplante. En cada diálisis la vida se le entregaba a la tecnología médica para que la prolongara. El médico propuso hacer exámenes para ver si la Leah, la madre, podía donarle un riñón. Le expliqué a ella esta posibilidad y no dudó un momento. Amor de madre, amor hasta las últimas consecuencias. Me dijo: - kaicho ntito ai larakuji lai abaki tanaa kaeye nanu, incluso si muero le doy mi riñón, que por su hija daría todo, hasta la vida. Por este tiempo Tarsicio había venido para acompañar a su esposa y a su hija, y el también se ofreció a dar su riñón en caso de que el de su esposa no fuera compatible con el de Kelewan.
Y la paz de Kelewan hundió la esperanza en todos nosotros. En un hospital, con tantos enfermos, había que fatigar para que nuestra paciente tuviera atención. Teníamos que aceptar con paciencia que Kelewan no era la única enferma y que había muchos más casos y todavía más desesperados. Muchas veces Kelewan tenía que compartir su cama con otros niños enfermos, eran hasta tres en cada lecho; por unos días pusieron a su lado un paciente con tuberculosis. Las madres que acompañaban a sus pequeños, también la de Kelewan, tenían que dormir en el suelo, al lado de las camas. En esas situaciones, inusuales para nosotros, brillaba la solidaridad y también, lo digo sorprendido, la alegría, la sonrisa. Casi todas mamás pobres, algún papá también, venidos de lejos a la capital buscando salud para sus hijos, sin nadie a quien acudir, y ellos se volvían familia unos para otros. Allí, en medio de tanto dolor, había tanta humanidad, tanta comunión. Durante el tiempo de Kelewan, murieron unos trece niños, hospitalizados en el mismo recinto. Sufrir juntos crea intimidad, el dolor amarra con lazos invisibles a los que lo comparten, en las penas nadie es un extraño.
Y la vida abundante y buena empezó a hacer promesas en los ojos puros de Kelewan. Y nosotros felices, y Leah y Tarsicio agradeciendo a todos los que aseguraban esta promesa. Y el papá repetía -Keyiolo Nkai, meilura Nkai, Dios lo sabe, Dios no duerme. Y se fue creando una familia en torno a Kelewan, tanta gente orando, aquí en Kenia, en Colombia, en España, en Italia… Rezar, porque no es la tierra la que carga nuestro peso, rezar porque estamos colgados del cielo. Rezar porque no bastan los afanes y la lucidez, porque todo es gracia y regalo. Mientras que Leah se pegaba de Dios al lado de las otras mamás, Tarsicio encontró un hogar que lo acogía en la casa de formación de los misioneros de Yarumal aquí en Nairobi.
Y en las lágrimas de Kelewan chispeaban también ilusiones. Leah empezó a hacerse exámenes y se comprobó que podía ser la donante. Ella feliz de volver a “alumbrar” a su hija. Leah, callada y pacífica, esperanzada y llena de pensamientos. Tarsicio, de la tierra samburu, se volvió hombre de ciudad, se conoció la geografía de las farmacias, de las oficinas complicadas del seguro social, de los vericuetos de esta Nairobi llena de gente sin la paz de los desiertos, sin la leche de las cabras, sin el fuego encendido en las noches oscuras. Ya el trasplante venía, sólo unas semanas y unos médicos de España traerían la solución final.
Y Kelewan se veía con más futuro que pasado. Nos llamaron del hospital para aconsejarnos sobre el trasplante, sus riesgos y cuidados. Y la trabajadora social nos habló más de cuentas que de eso. Listas de gastos. – We want to know if you can afford all this, queremos saber si pueden pagar todo. Claro que sí, le decíamos, pero nosotros no sabíamos si podíamos o no. No sabíamos pero creíamos. Creíamos porque cuando Dios quiere Dios financia o manda quien financie. Y Dios mandó a África Digna, y después otros amigos se pusieron a la orden. Esa señora seguía hablando de plata y nos veía la cara de pobres, la única que tenemos, y nos seguía preguntando sobre nuestras posibilidades. Nosotros somos escasos pero Dios nos cuida. Y entonces le pregunté por los muchos otros que no tienen voz para pedir, que no pueden pagar… y ella me respondió con la misma frialdad de las cajas de metal que el hospital usa para los cadáveres – They die, se mueren. Esa respuesta helada nos puso a todos en la morgue. Nos sentimos en una nevera desafecta, con síntomas de hipotermia cortamos ese diálogo y salimos a ver si nos calentaba el sol del mediodía.
Y Leah llenaba de alegría los oídos de Kelewan y le decía, - Kongor wiki nabo ake! ¡Falta sólo una semana! Una semana y todo habrá acabado y otra vez a la casa, a la escuela, a cantar en medio de los vacas y las cabras. Y a nosotros esa semana se nos hacía larga. En esas explotó una bomba. Y la embajada española que no sabía nada de Kelewan, nada de Leah, nada de Tarsicio… nada de nada… y tampoco estaba obligada a saber, recomendó a los suyos, y ahí estaban los cirujanos que sabían todo sobre riñones, no venir porque había peligro, porque era arriesgado. A veces no pensamos que para dar vida y cuidar la vida hay que arriesgar, que no nos hubieran parido si alguien no se hubiera arriesgado. Si queremos luchar por la vida hay que cabalgar en la muerte. La resignación ocupó los espacios, hasta diciembre, y después hasta enero, y después que no, que en febrero. Allá a paso lento y esperando la seguridad y aquí a las carreras para llegar antes que la muerte.
Y Kelewan gozó la navidad y el 2012 quería pegarse a sus once años y presagiaba todavía muchos más. Tiempos de fiesta. Y también tiempos de olvido. La diálisis tardaba y muchas disculpas para no practicarla. Que después la llamamos, que tranquilo que no hay problema, que sabemos muy bien lo que hacemos, que no se ofusque, que sepa esperar. Y Tarsicio insistía porque no lo gustaba lo que veía en su pequeña. Y Leah, sin swahili sin inglés, callaba y creía y rezaba. Y se hizo tarde, la muerte llegó disfrazada de año nuevo. La noticia llegó a la remota tierra samburu y desde allá llamamos al médico y a las personas encargadas a preguntar qué había pasado. Ellos no sabían, lo supieron por nosotros. Estaban en descanso, habían cambiado de trabajo, lo sentían todos. ¿Quién nos devolviera a Kelewan, su sonrisa, su paz, su esperanza, su ilusión? Otra vez la muerte, y esta vez sí que nos dejó vacíos. Se coló por la negligencia y se apoderó de la lucha por la vida, de la esperanza que ya casi se colmaba. Hay cosas que no podemos entender. Dios entiende. – Siai le Nkai, el trabajo de Dios, dijeron los amigos de Tarsicio cuando lo supieron desde lejos.
De Kelewan quería recordar su vida y me propuse no verla muerta. Tres días pasamos en el hospital tratando de pagar la cuenta para que nos entregaran su cuerpo. Íbamos de oficina en oficina. El seguro trataba de demostrar que Tarsicio no había contribuido, los empleados de una oficina hacían errores de cálculos y los de la otra nos rechazaban esos mismos documentos. Cuando finalmente pudimos pagar, fui con Olga Lucía a reclamar el cuerpo y me tocó ofrecerme para reconocerla. Era un requisito obligatorio, alguno lo tenía que hacer. Tenía miedo de entrar, miedo de no reconocerla, de no distinguir sus facciones, de dudar si era ella. Así fue que entré al depósito de cadáveres. El olor y el frío de la muerte. Tenía miedo, pero se me quitó cuando la vi. Ahí estaba ella, dormida, serena, llena de paz, como un lucero perdiéndose a nuestros ojos y despuntando en el oriente de la eternidad. La enterramos al caer el sol, con cantos y gracias, su madre sin consuelo agarrada a la fe, su padre fuerte macilento de dolor. La enterramos con la misma fe del agricultor que sabe que vendrá el fruto de su semilla. La enterramos pidiendo la fuerza para seguir cuidando la vida, especialmente la vida de los pobres y débiles.
Ikiata iyioo ache. Estamos llenos de gracias.
Jairo Alberto, mxy